
La crisis cuarentona cuelga en tu alma un letrero que reza: "Cerrado por inventario". Es decir, llegó el momento de hacer el estado de cuentas: cuánto invertí, cuánto gané. Con un nudo en la garganta, calculas haberes y teneres en tu calculadora mental, aguardando el resultado cual mujer en espera de las pruebas de embarazo.¡Qué mal negocio la vida! Por lo regular, el saldo aparece en fosforescentes números rojos. Resuena entonces una alarma en tu miocardio, y un gélido rayo desciende por tu espina. Ovillado en la cama, temblando de miedo, pujas para regresar al útero de tu madre, en busca de un borrón y cuenta nueva.Pero bien dicen millones de canciones y poemas: "se vive sólo una vez", de modo que en vano intentas retornar a la matriz. ¡Qué ganas de flotar en la inconsciencia del lago amniótico! Quisieras enclaustrarte y que esta vez el doctor no te jale al exterior, donde acecha la muerte.Intentar regresar a casa de manera tan absurda, es tan infructuoso como arrojarte en los brazos de la etílica bohemia, enajenarte con los papeles de la oficina, sentarte en una silla de por vida y con la mente en Timbuctú.Sustituir a tu mujer por una joven que reanime tus adolescentes sueños es una riesgosa opción, sobre todo si tienes hijos. Respetables personalidades han echado por la borda su asentado refugio familiar, y ahora se dan de topes contra la pared.Pero está el caso de quien, rompiendo una viciada y larga relación no necesariamente conflictiva, ahora vuela libre como gaviota, cumpliendo uno a uno los viejos sueños, inspirado por un vigoroso y fiel ángel. Tales casos son la excepción en la realidad, y un cliché en las películas.
Hay dos intentos de aliviar la crisis, que no por radicales resultan más eficaces. El primero es la tentación de quebrar tu entendimiento lo mismo que una nuez, caer en una dulce psicosis que te desconecte de la realidad.La otra fallida solución es salir de la vida por propia voluntad, abandonar el barco optando por el no-ser de Hamlet. ¡Qué injusto es el suicidio! Tu egoísmo supera a la angustia, y escapas del mundo, indiferente al dolor de amigos y familiares.Pero sin duda el intento más desafortunado es el de quien, para morir con la conciencia tranquila, se regala a sí mismo digamos un cáncer pulmonar o un accidente automovilístico. Hablo de esos casos donde por debajo del agua la mente le ordena morir al cuerpo, y no de las desgracias en verdad involuntarias.Mejor estrategia es cosechar lo poco o mucho que sembraste, aceptar que es tiempo de vivir el presente, el aquí y ahora, y contemplar la maravillosa creación del Universo. El pasado es inamovible y el arrepentimiento no sirve de nada. Borra del léxico el "hubiera", y apretando los dientes aférrate a la voluntad de vivir, vence a Tanatos.Una máxima de Heidegger me ayudó a superar esta crisis de los hombres madurones que, demasiado jóvenes para morir, pero demasiado viejos para rocanrolear, de repente se desadaptan y caen en el vacío existencial: "La felicidad consiste en dejar que las cosas sean como son".Traducida al lenguaje de Lennon, la frase de Heidegger nos dice "let it be". O sea, suéltate, abandona los remos, boga a la deriva en la corriente del Ser. No opongas resistencia a la muerte inevitable, envaina la espada, nadie te persigue, o como diría Clavillazo: "La cosa es calmada".Creo que al cabo todos reconoceremos la existencia de Dios, o siquiera aceptaremos la idea de un Creador obrando por encima de la razón. De otra forma la vida sería un absurdo galimatías. Por eso dijo Dostoievsky: "Si Dios no existe, entonces hay que inventarlo".El cuarentón que supera la crisis acepta que dispone del tiempo justo para perdonar y amar, recuperar la capacidad de asombro, exprimir cada segundo. Luciendo una plácida sonrisa de monje tibetano, fascinado descubre que la verdadera vida apenas comienza, atónito comprende que recién ha cortado el cordón umbilical y que sólo hasta ahora comienza a desentrañar el relajo de la existencia."La libertad se conquista a diario", dijo Goethe, quien ya anciano se encaprichó con una jovencita, y siendo joven se enamoró de una mujer casada. Así, el autor de "Fausto" nos dice que cada día se inicia desde la nada. El diario amanecer es una tabula rasa que, negando el pasado y demás lastres, aliviará tu crisis si en verdad así lo deseas.Y es así que, por no perder la fe durante el infernal trance, atónito descubres el desfasamiento del nacimiento biológico y el espiritual. Entonces, irradiando una jubilosa paz y colmando de luz los pulmones, fuerte y vigoroso, al fin naces de verdad, y dichoso te revuelcas en tu primera primavera.
