

Volvamos a hacer familia
Busca a tus padres, a tus hermanos y demás familiares, reconcíliate con quien te sientas enfadado y vuelvan a empezar.
Todos nos relacionamos en forma muy estrecha con los demás y solo podemos vivir en sociedad. No existe nadie que pueda vivir sin tener un íntimo contacto con los demás. Solamente en grupos, el hombre puede hacerle frente a la naturaleza y a la vida. Es paradójico entonces que le demos tan poca importancia a nuestra relación con los demás.
El grado de armonía en nuestras relaciones con los demás depende en mucho de la información que conozcamos de los motivos que otros tengan para pensar y comportarse de determinada manera y esto solo se puede lograr a través de la comunicación efectiva.
Para que la comunicación sea adecuada, es muy importante saber escuchar sin interrumpir, y esto solo se puede lograr si aprendemos a dialogar, pero ¿lo sabemos hacer?, veamos:
PARA DIALOGAR, ESCUCHAR PRIMERO,
PARA ENTABLAR UN DIALOGO SE REQUIERE ANTE TODO RECONOCER AL OTRO,
NO SE VALE CONDICIONAR EL DIALOGO
También es importante preguntar cuando existen dudas, y cerciorarnos de que los mensajes que emitimos han sido interpretados de acuerdo a la intención de los mismos.
El amor no basta para resolver las deficiencias en nuestra comunicación. Es preciso detectarlas, reconocerlas y tratar de ponerles remedio. Cabe hacer referencia a los distintos niveles en los que puede asentar el defecto de la comunicación: emisor, receptor, código y mensaje.
En cuanto al emisor cabe como defecto el expresarse con demasiada rapidez o el pensar que el otro/a entenderán lo que decimos y resulta que estamos omitiendo datos esenciales para ser comprendidos. La timidez, la introversión, la explosividad o la ansiedad, la tendencia a la histeria y otros rasgos defectuosos de nuestra personalidad pueden traicionarnos y –sin saberlo- modificar el mensaje que deseemos enviar a nuestro interlocutor.
Por parte del receptor lo que frecuentemente sucede es que se interpreta lo recibido como distinto de lo que se nos quería decir. Suele suceder cuando sufrimos, como en el caso anterior, susceptibilidad, narcisismo, tendencia a la paranoia, etc. No debemos olvidar que como dijo el filósofo lo que se recibe se hace al modo del recipiente. Pero ese personalismo es bueno siempre que lo conozcamos y que no deforme de modo sustancial el mensaje que nos llega.
Entre personas que utilizan idiomas distintos y no conocidos no cabe el entendimiento. Igualmente dos aparatos dispuestos para la comunicación requieren estar sintonizados en la misma frecuencia.
Resultando tan claro todo esto parece mentira que lo olvidemos con tanta frecuencia en la comunicación interpersonal. Y así tienen lugar esos diálogos de sordos más propios de un chiste que de la vida misma.
Eso es lo que ocurre cuando no consideramos el código utilizado en nuestra comunicación, bien sea como emisor o como receptor. Qué diferente resulta el significado de lo que decimos según la utilización, cuando nos expresamos, del indicativo, del vocativo o del imperativo como tonos modales.
Por último hay que valorar las anomalías derivadas del propio mensaje, del concepto , que queremos hacer llegar. Aquí entran de lleno las llamadas atribuciones que derivan de lo que para nosotros significa una palabra, un concepto, un gesto o una conducta en razón de lo vivido y aprendido a lo largo de nuestra vida.
Al considerar y registrar estos factores nuestra comunicación intelectual y afectiva ganará sin duda.
A veces será preciso acudir a un experto en la materia (médico, psiquiatra, psicólogo, orientador, etc.). Otras, se requerirá un estudio personal dirigido por alguien que ponga sentido común, tiempo y cariño al ayudarnos. Y finalmente –será lo ordinario- bastará con el propio empeño personal para bien entender y ser entendido.
La buena comunicación es principio y expresión de caridad que lleva a vivir mejor y más amorosamente en la medida en que llegue a ser más correcta, realista y generosa. Pongamos empeño.
Para comunicarnos eficazmente debemos hablar a través de nuestras emociones positivas, eliminemos de nuestro lenguaje palabras ofensivas, vulgares, soeces, y altisonantes; evitemos a toda costa los insultos, la critica, la calumnia, los chismes, y la murmuración.
Si no tenemos algo amable que decir, es mejor quedarnos callados, las palabras no rompen huesos, pero hieren igual.
Al comunicarnos, eliminemos las quejas, los reproches y los lamentos: no debemos estar a la defensiva, y hay que aceptar a las personas como son y sin juzgarlas; démosle a los demás aceptación; no consejos, corrección o regaños. Para demostrar respeto, seguridad y magnetismo es conveniente acostumbrarnos a llamar a la gente por su nombre (no por apodos, títulos o apellidos), al saludar estrechemos la mano de la gente con firmeza y gusto, y al soltarla, deslicemos suavemente nuestros dedos, (no como si quemara o diera toques). Al abrazar,
